Encuestas y manipulación política con push polls.

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A los realizadores de las encuestas, a raíz de lo sucedido con las últimas publicadas en ciudades como Medellín y Bogotá, sólo les interesa difundir un mensaje para cambiar la opinión, no se interesan en buscar un rango específico de entrevistado, ni en hacer muchas preguntas. 
Por: Horacio Duque Giraldo.
Las encuestas son características de las democracias. Sus antecedentes son de las primeras décadas del siglo XIX. En 1824, el Harrisburg Pennsilvnian hizo un primer sondeo de opinión dando como ganador presidencial al candidato A. Jackson.  En 1916, el Literary Digest hizo una medición nacional en USA, enviando millones de tarjetas postales y, simplemente, contando las contestadas. Así, se predijo correctamente la elección como Presidente de W. Wilson y de las siguientes cuatro elecciones presidenciales.
En 1936, el "Literary Digest" utilizó una muestra significativa de 2,3 millones de "votantes", con la cual habían determinado que la población tendía a simpatizar con el P. Republicano. Una semana antes del día de las elecciones presidenciales, se informaba que Alf Landon del P. Republicano era, de lejos, mucho más popular que Franklin D. Roosevelt del Partido Demócrata. Al mismo tiempo, George Gallup realizó una encuesta mucho más pequeña, pero con mejores bases científicas, utilizando muestras demográficas representativas. Gallup pronostico correctamente la victoria arrolladora de Roosevelt. Elmo Roper fue otro pionero norteamericano en las predicciones políticas usando encuestas científicas. Así, predijo la elección del presidente Franklin Delano Roosevelt tres veces, en 1936, 1940 y 1944 (https://es.wikipedia.org/wiki/Encuesta).

Hoy, las encuestas son un instrumento de medición social científica. Cualquier sistema político que se diga democrático tiene organismos (públicos y privados) encargados de hacer estudios de opinión pública que reflejan las opiniones, percepciones y preferencias de la sociedad.

En cada momento electoral es común la publicación de análisis de opinión pública (específicamente de preferencia electoral), a los que los ciudadanos se han acostumbrado. En Colombia, el acceso a encuestas, su consulta y la toma de decisiones informadas son muy frecuentes.

Las encuestas son estudios de opinión pública metodológicamente rigurosos, con muestras y entrevistas destinadas a aprender y medir las opiniones de los votantes y probar los posibles mensajes de campaña.

Durante años se han aceptado los estudios sobre preferencias electorales como una forma racional y bastante aproximada para conocer el estado de ánimo de la población con respecto a políticas o candidaturas.

Las encuestas preelectorales tienen la tarea central de intentar medir la intención de voto de la opinión pública. Para hacerlo, numerosas consultoras utilizan técnicas de muestreo para, consultando a un grupo relativamente pequeño de personas, proyectar con bastante precisión cómo se comportará la mayoría. El procedimiento es científico. Dadas las características del “universo de electores” es bastante sencillo medir cuál debe ser el tamaño de la muestra para alcanzar un elevado nivel de confiabilidad.

La nuestra es una sociedad políticamente compleja, llena de diferentes intereses que se oponen e influyen uno al otro constantemente. Interpretar el "sentir" de la opinión pública, entonces, se vuelve cada vez más difícil, porque muchos son los factores que influyen en su construcción, desde el nivel educativo, hasta su posición social, y  los medios de información que utiliza.

Por eso las encuestas de opinión pueden ser un instrumento muy útil para conocer lo que piensa la ciudadanía sobre diferentes asuntos que le afectan, porqué nos permiten "resumir" esta complejidad social en datos cuantitativos, lo suficientemente cercanos a la realidad para analizarlos.

Desde el elemental dato de inclinación o menos hacia una opinión, entonces, es posible reconstruir la opinión de la comunidad sobre lo más diferentes problemas; pero esto tendrá un valor científico solamente si lo utilizamos adecuadamente, a través de la comparación con otros datos y sin nunca darle un valor de absoluta verdad, sino más bien de relativa aproximación a la realidad.

Por supuesto, no hay que olvidar que los sondeos de opinión solamente registran situaciones de un momento dado, un momento que ya está en el pasado cuando la encuesta se publica y seguramente pueden servir para interpretar la realidad, pero nunca deben ser confundidos con la realidad.

Sin embargo, de  ese enigma que es «la opinión pública» muchos quieren sacar partido. De esa manera, al lado de métodos fundamentados para conocer las preferencias de los ciudadanos/electores, aparecen otros que se presentan como encuestas, que en realidad son burdas manipulaciones que frecuentemente difunden información falsa o equivocada.

Establecido que las encuestas de opinión pueden ser un instrumento muy útil para interpretar la realidad en la cual vivimos, hay que verificar que tan creíbles pueden ser. Eso dependerá en gran medida de la forma en la que se realicen, porqué al lado de un error normal estadístico -siempre existente en toda encuesta-, si se hacen mal las actividades, se puede agregar un error "sistemático" que puede llevar a falsificar completamente los resultados finales.

Estamos hablando de cómo se haya estructurado la muestra, de cuanto representa el universo que se quiere analizar, del número real de entrevistas hechas, de la capacitación de los encuestadores, de los métodos utilizados para elegir las personas a entrevistar, de la dimensión, las características y la difusión en el territorio de la muestra de población entrevistada, del texto de las preguntas a realizarse. Equivocarse en uno solo de estos elementos significa arriesgarse a obtener un resultado que no tiene nada a que ver con la realidad.

Determinar hacer un numero demasiado reducido de entrevistas, no seleccionar las entrevistas con una correcta subdivisión por edad, sexo o difusión territorial, no trabajar con personal encuestador suficientemente entrenado por el trabajo, son aspectos que pueden determinar errores crasos en los resultados de la encuesta, comprometiendo de esa manera el nivel de representatividad de la opinión de la ciudadanía, en el resultado total del sondeo realizado.

Más grave es el problema de la organización del texto de la pregunta a plantearse a los encuestados. En este sentido el método de construcción de la pregunta puede ser un instrumento de manipulación de una encuesta de opinión, porqué puede influir concretamente en la formulación de la respuesta final, generalmente en función de los intereses de quien pagó la encuesta.

Para que la técnica sea efectiva, de todos modos, es necesario que la encuesta tenga credibilidad; es decir, provenga de una fuente confiable. Por esa razón, una acción de ese tenor, no ética de por sí, no es posible hacerla sin la complicidad de empresas encuestadoras que se prestan a graves manipulaciones metodológicas o, más simplemente, a mentir ellas también.

A partir de un momento, cuando la actividad proselitista perdió todo sentido del pudor y empezó a mostrar su crudeza, todos los valores profesionales acerca de las encuestas se van al suelo. La realización de estos estudios comenzó a servir para tratar de inducir cambios en las preferencias al través de mensajes subliminales. Aparecieron como una plaga agencias especializadas dispuestas a prestar sus servicios, carentes en muchos casos de prestigio o experiencias, por prebendas gubernamentales o altas sumas de dinero. La credibilidad se perdió en un mercado lleno de baratijas con pretensiones científicas.

Hay momentos en que algunos medios contribuyen a ese desprestigio, con encuestas extemporáneas carentes de lógica. El propósito de tal práctica es evidente: condicionar la opinión pública y sembrar en la mente popular la idea de un único ganador.

Esto es lo que hemos estado viendo desde hace ya bastante tiempo en los grandes monopolios mediáticos colombianos.

La manipulación es tan burda y evidente que pierde toda credibilidad, pero el pueblo, susceptible de ser manipulado, no cae en cuenta de que está siendo tratado como objeto fácil de la mentira. Y como está acostumbrado –al igual que en el deporte- a votar a ganar, se deja enrutar hacia los intereses de un grupo determinado, pacientemente y sin darse cuenta de que lo han convertido en un idiota por unos magos de la manipulación.

Por otro lado, en sociedades como la colombiana, donde la “viveza” es generalmente más apreciada que la ética, ese repudio en muchos casos hace tiempo no existe. Y cruzar la delgada línea de actuar antiéticamente no genera problemas o hasta es aplaudido.

Hace mucho que los políticos han descubierto que las encuestas tienen una función más: no solo miden el estado de la realidad, sino que afectan dinámicamente la propia situación que está siendo medida. La publicación de información sobre las intenciones de voto de cada candidato incide positiva o negativamente la decisión de los electores. Este descubrimiento genera un estímulo perverso: si aquello que las encuestas reflejan no se corresponde con lo que a un político le conviene, puede intentar torcer el rumbo de los acontecimientos difundiendo como verdadera, información que es absolutamente falsa. Lo vemos con mucha frecuencia.

De otro lado, los resultados de las encuestas de algunos medios de comunicación obedecen a su línea editorial y los resultados de las encuestas encargadas por los políticos obedecen a sus deseos de acceder al poder. La mayoría toca sus tambores al son de quien las sufraga, son pocas “objetivas”.


Los push polls

Profundizando en el fenómeno de la manipulación, la proliferación viral de las encuestas ha llevado a un tipo de prácticas que, bajo el disfraz de estudios científicos, pretenden influir y persuadir al votante, que no es nunca el objetivo de los estudios de opinión.

Son los denominados push polls (falsas encuestas o encuestas propagandísticas), designadas así porque «presionan» a los votantes hacia puntos de vista predeterminados.

Los “push polls”  se presentan como investigación rigurosa pero su objetivo central es manipular la opinión pública con propósitos estratégico, por medio del uso de preguntas premeditadamente sesgadas, que están llenas de propaganda para apoyar al candidato o a su postura política; el encuestador y el entrevistador tratan de forzar a que se asuma una manera de sentir singular.

Las push polls no son estudios; son un mal uso del método científico que significa una encuesta.

Se trata de llamadas telefónicas hechas al azar (como la reciente  de Ipsos realizada para RCN), es decir, sin un muestreo estadístico, a probables votantes para que modifiquen su intención de voto, o bien, se manifiesten de alguna manera predeterminada.

Las push polls van más allá de los límites éticos de las encuestas políticas al someter a los votantes a bombardeos con declaraciones falsas o distorsionadas, hechas así para generar actitudes negativas. En un push poll, nadie recolecta ni analiza información.

A los realizadores de estos procesos sólo les interesa difundir un mensaje para cambiar la opinión, no se interesan en buscar un rango específico de entrevistado, ni en hacer muchas preguntas. La intención es hacer muchas llamadas en poco tiempo.

El auge de las push polls, está conectado con el papel de los medios de comunicación y la difusión de la información. Con la importancia creciente de las encuestas y la demanda del electorado por más información; muchos medios deciden publicar supuestos estudios de opinión pública que no están sometidos a criterios científicos.

Durante una jornada electoral, lo más importante para los medios de comunicación (televisión, radio, periódicos y páginas web) es dar a conocer cuanto antes el nombre del ganador. Importa poco a los editores saber si los datos provienen de una fuente confiable, rigurosa. Lo fundamental, en la visión de muchos comunicadores, es dar la primicia.


Es lo que está ocurriendo con las encuestas que ya se están publicando en abundancia ahora que estamos en plena campaña electoral para elegir autoridades locales. 

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