(Grecia) Syriza y la resistencia al nuevo memorándum.

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No quería Tsipras, seguramente, ser el primero en romper la supuesta irreversibilidad de la construcción europea. Así se articula una dialéctica política interna que no es nueva. Ya hubo muchas en el pasado en el seno de Syriza. 
Por: François Ralle Andreoli / Público.es.
Desde Atenas, intercambiando opiniones con los amigos griegos de Syriza, uno se da cuenta de la complejidad en la que se encuentran frente al acuerdo ─Diktat de Merkel y de la Troika─, que no es ni más ni menos que un nuevo memorándum del que conocemos los previsibles efectos económicos y sociales. Es un momento difícil que nos da interesantes claves en las que pensar sobre el futuro político de España y de Europa. Los contactos desde el terreno nos demuestran también el nivel de compromiso en la resistencia a este terrible modelo euroalemán que prevalece en Grecia. Aquí, se sigue resistiendo.
Sería algo fácil, ahora, ponerse a defender los planes B, como si hubieran sido la única vía desde el principio, cuando todos esperaban algo más que un guiño de Francia e Italia en la última recta de la negociación y cuando además, las movilizaciones en favor de los griegos habían sido relativamente modestas por parte de los aliados de Syriza en Europa. Es muy fácil a día de hoy caer en la espiral de la crítica y olvidarse de que el Grexit no era una solución fácil, con una opinión pública ya atormentada por el corte autoritario de liquidez impuesto desde el BCE y un país en el que la decena de planes de ajustes de la Troika ha destrozado el tejido económico: una de cada tres empresas ha cerrado desde 2008. Como efecto de las medidas kafkianas de Bruselas, hasta la productividad, en teoría estimulada por las medidas liberales , ha decaído un 10%.
No nos equivoquemos. Más allá de la cuestión de la deuda griega, el plan de Merkel y de sus aliados consistía principalmente en debilitar a Tsipras, hacerlo caer y erradicar las ideas de cambio que representa. Pero el primer ministro griego sigue ahí; y sigue vivo, con un amplio respaldo popular. A pesar del difícil combate frente al Goliath euroalemán, la gente se da cuenta de la diferencia radical entre las tramas corruptas de PASOK y Nueva Democracia y las mujeres y hombres de Syriza. No obstante, muchos se preguntan desde las filas de Syriza cómo moverse en esta encerrona política, con un margen relativamente reducido para gobernar un país cuya soberanía esta intervenida.
Por una parte están los que luchan desde el Gobierno. Reconocen que la situación es dura, que el acuerdo  impuesto por Merkel y su aliado Hollande, con el apoyo del conjunto del Eurogrupo, limita las posibilidades de actuar y de lanzar un proyecto económico alternativo. Más privatizaciones, más recortes y más impuestos empeorarán el parón de la economía griega y sus efectos sociales terribles. ¿Qué sentido económico tiene, por ejemplo, exigir el fijar el IVA en un 23% salvo el de incitar al fraude fiscal y frenar el consumo? Sin embargo, cuando se les cuestiona sobre la posibilidad de convocar elecciones, contestan que prefieren asumir sus responsabilidades desde el Gobierno. Actuar como escudo de protección del pueblo griego evitando escenarios peores, como los que tenía previstos la coalición ND-PASOK, la cual nos había acostumbrado a vínculos con los oligarcas y tramas de corrupción.
Se acuerdan en el gobierno de Tsipras de los ajustes,  aún peores, que había previsto Hardouvelis, el anterior ministro de finanzas de Samarás, en el famoso e-mail filtrado antes de las elecciones. Incluía 160.000 despidos más de la administraciones públicas. Al mismo tiempo, él evadía sus ahorros del país. Pero, hay margen, según ellos, desde los ministerios para suavizar los efectos de los mandamientos ultraliberales de Berlín y Bruselas. Hay margen político para utilizar todas las zonas de sombra del acuerdo e innovar. A pesar de este difícil contexto, habrá ─quizás─ un margen de maniobra para intentar renegociar más tarde lo que no hubiera sido posible con un Grexit. El pueblo no estaba preparado para un Grexit, y aún menos después de la primera ola de pánico del corralito.
Por otra parte, se respira un ambiente diferente desde el gobierno regional de Ática porque los retos no son iguales. Es cierto que el escenario estatal influye mucho porque la gobernadora de Syriza, Rena Duru, está vinculada a Tsipras, y porque su región, como todo el país, está intervenida por Bruselas. No le autorizan, por ejemplo, volver a contratar a los funcionarios necesarios para el buen funcionamiento de las instituciones (se echó a uno de cada tres desde 2008 dejando a poco más de 2.000 para cuatro millones de habitantes). Pero la estabilidad política es más segura que a nivel estatal y es poco probable que la mayoría local de Rena Duru se vea amenazada hasta 2019. Aquí se sigue trabajando con una hoja de ruta muy concreta en medidas de urgencia social, de mejora medioambiental y de limpieza ética frente a las tramas construidas por los anteriores gobiernos. Duru actúa con valentía puesto que ha sido terriblemente atacada por los poderes fácticos desde que fue elegida en septiembre de 2014. A pesar de las cadenas de la austeridad se pueden hacer cosas y resistir desde lo local, como ya lo están demostrando los equipos de los ayuntamientos del cambio en España
Finalmente, en el partido hay militantes y dirigentes que esperaban más, que sufren al ver que las leyes que tendrá que aprobar la mayoría de Syriza en el Parlamento. Tendrán que ir, en parte, en contra del programa de Tesalonika. No se sienten entendidos y aumenta la brecha que los divide. Nadie quiere la ruptura de Syriza, pero sí movilizarse para presionar el Gobierno. Temen que se castiguen sus críticas abiertas y que se recomponga el partido sin ellos después del congreso de septiembre. Este grupo de críticos es heterogéneo, compuesto por economistas, como Lapavitsas, que siguen defendiendo un plan de salida del euro; por el ala trotskista, siempre muy crítica; y también por aquellos que se reúnen alrededor de la valiente presidenta del parlamento, Zoe Konstantopoulou. Acaban de reunir a miles de personas en Atenas en un mitin organizado, con motivo de los cinco años de la web iskra.gr, el medio más a la izquierda del partido. Ahí, en un gimnasio abarrotado, en presencia de Manolis Glezos y Stathis Kuvelakis, han defendido la necesidad de respetar la voluntad del 61% de NO del referendum y denunciado la “dictadura europea”. Pero insisten en que no quieren fomentar divisiones internas, al mismo tiempo que rechazan unirse al “requiem por las ilusiones perdidas”. El discurso político más relevante fue el de Lafanazis, que recordó la necesidad de ir en contra de las políticas neoliberales y de volver a socializar la economía en vez de privatizarla. Sobre todo, se hizo un llamamiento a seguir movilizando a una amplia mayoría social defendiendo que el Grexit no es la solución.
Desde el Gobierno se entiende que en Grecia no se reunían las condiciones políticas para soportar los efectos de una salida del euro complicada e incierta, a pesar de que muchos economistas relativicen sus efectos. Desde el sector crítico se opina que no se preparó con convicción un verdadero escenario alternativo. No quería Tsipras, seguramente, ser el primero en romper la supuesta irreversibilidad de la construcción europea. Así se articula una dialéctica política interna que no es nueva. Ya hubo muchas en el pasado en el seno de Syriza. Muchos piensan que estas dos opciones se complementan, permiten mantener la tensión con las autoridades europeas, mantener una movilización social y evitar la ruptura entrepragmáticos  y «radicales. Mantener la cohesión es el reto de un partido de agregación de la diversidad de las izquierdas como es Syriza. Los éxitos conseguidos hasta ahora se han logrado con la síntesis de todas estas posturas.
Tsipras ha conseguido tiempo. Ahora nos queda sacarle de su aislamiento ganando en España, acumulando el apoyo social más amplio posible, no sólo para superar a los demás electoralmente, sino porque ya sabemos que el enfrentamiento con los hombres de negro será muy duro y que nos necesitará a todos. España no es Grecia, y una victoria de las fuerzas del cambio tendría una repercusión mucho más fuerte para toda Europa. 

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