Sobre la propuesta de James A. Robinson de abandonar el campo.

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La idea del profesor en economía política generaría, al no estar atravesada por un carácter estatal, una desorganización urbana y un campo dejado a la suerte de las multinacionales salvaguardadas por las claúsulas de los Tratados de Libre Comercio (TLC).

Por: Leonardo Chacón / Las 2 Orillas.

Si bien es cierto que el artículo de James A. Robinson ‘¿Cómo modernizar a Colombia?’ se publicó hace meses en el periódico El Espectador, quiero expresar mis ideas sobre este texto.  Yo, como un colombiano que no tiene el prestigio académico de Robinson (solo tengo un título en una carrera profesional. Aunque este nivel educativo en Colombia ya es mucho decir), quiero rebatir algunos de sus planteamientos e incluso complementarlos.
Considero que Robinson está obviando varias cuestiones importantes en el planteamiento de su tesis. En primer lugar, los ejemplos de otras naciones donde los campesinos abandonaron el campo tal vez no sean los más adecuados. La situación vivida en la Inglaterra del siglo XVIII es muy diferente a la de Colombia en el siglo XXI; Inglaterra estaba a puertas de entrar a la era industrial y la burguesía requería de abundante mano de obra barata. Los campesinos, visualizando mejores oportunidades económicas en el naciente sector industrial, migraron a las urbes para tener una vida mejor. No obstante, las consecuencias negativas de dicho desplazamiento fueron que, mientras el campo quedaba vacío, en las ciudades se empezaron a presentar problemas de hacinamiento, pobreza, inseguridad, insalubridad y prostitución. 

En las fábricas la seguridad era nula y la explotación laboral, brutal; con más de 15 horas diarias de trabajo, mujeres, hombres y niños manufacturaban y operaban máquinas y herramientas en condiciones inhumanas. No fue ninguna vida próspera ni llena de oportunidades lo que obtuvieron de inmediato los inmigrantes, pasarían varias generaciones para que el trabajo fuera digno en Inglaterra. Por sus causas, esa migración está lejos de ser similar a la que experimenta Colombia, y que Robinson propone, ocurra a raudales. Sin embargo, sí trajo consigo unas consecuencias atroces para los desplazados ingleses que pueden ser extrapoladas a las que sufren los desplazados hoy en Colombia.
En lo referente a los casos de las islas de Mauricio y Barbados, realizar esta comparación es desconocer el relieve colombiano. Mauricio y Barbados son islas con pequeña extensión y sus otroras economías se basaban en un sector primario restringido por sus geografías. Actividades como la agricultura pudieron diversificarse para el beneficio de los isleños, pero los colonizadores instauraron el monocultivo de la caña de azúcar como único motor económico, limitando a una sola opción el futuro de las personas, y como consecuencia, las nuevas generaciones emigraron buscando diferentes oportunidades. Colombia no es ninguna isla, de hecho, gracias a su posición geográfica, es un país tropical con todos los pisos térmicos, dos océanos, 311 tipos de ecosistemas y, junto con Brasil, con la mayor biodiversidad del planeta, de acuerdo con el Instituto Humboldt. 

Por tal motivo, el sector primario en Colombia abarca una amplia gama de sectores que cobija, en muchas ocasiones, a productores independientes y de pequeña escala. Incluso, ante tal diversidad, hay sectores en auge o sin explotar. Los colombianos estamos privilegiados por el hecho de poder consumir una gran cantidad de productos locales. Si las políticas agriarias fueran diferentes, los campesinos tendrían muchas más oportunidades y opciones de vida sin necesidad de trasladarse a las urbes.
En segundo lugar, concuerdo con Robinson al afirmar que el Estado tiene un vacío institucional, de servicios y de autoridad en el campo, y al cuestionarse sobre si este tiene la intención de ayudar a los campesinos con una reforma agraria contundente. Pero Robinson, al plantear que los campesinos se muden a las ciudades, deja en suspenso sobre quién gestionará dichos procesos para garantizar que se vele por la protección de sus derechos y el mejoramiento de la calidad de vida. ¿El Estado tendría la voluntad de tomar las riendas sobre programas y/o proyectos integrales que aseguren unas condiciones dignas y un entorno de mayores oportunidades y educación para los nuevos citadinos? ¿O más bien sugiere que cada quien vaya por su cuenta e intente forjarse el mejor futuro posible? ¿Acaso también no hay ausencia de instituciones, autoridad y bienes y servicios públicos en muchas áreas urbanas periféricas y marginales?
Considero que los campesinos están en una gran desventaja cuando arriban a las ciudades. Sus antiguas labores rurales son prácticamente obsoletas en las urbes, ya que lo que se requiere con urgencia son operarios, técnicos, tecnólogos y profesionales. Por otro lado, el mismo Robinson reconoce que la educación en las ciudades es mejor, entonces ¿cómo se garantizará que los hijos de los campesinos se igualen y acoplen a los niveles educativos citadinos? Los jóvenes desplazados al tener limitaciones académicas, ¿cómo podrán competir con sus homólogos urbanos por un puesto en la educación superior pública? Y ni hablar de los inconvenientes para ingresar a la privada.
Pienso que la solución de Robinson, al no estar atravesada por un carácter estatal, lo que generará es una desorganización urbana y un campo dejado a la suerte de las multinacionales salvaguardadas por el Tratado de Libre Comercio (TLC).
Según la Organización para las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el crecimiento urbano en Europa y América del Norte tomó siglos y fue propiciado por la industrialización y el aumento de los ingresos per cápita; en el caso de los países en desarrollo, el crecimiento urbano es acelerado y una de las causas es el desplazamiento de personas de zonas rurales que escapan delhambre y la inseguridad. Por ende, las municipalidades no han respondido con la celeridad necesaria para organizar sus territorios. El resultado ha sido la conformación de extensos asentamientos precarios, informales e inseguros, como los que se encuentran las ciudades colombianas. Asimismo, las consecuencias de un campo abandonado repercutirán en las zonas urbanas. Los citadinos solemos pensar que las urbes son pequeñas autarquías, pero la realidad es que funcionan gracias al campo. Los alimentos y materias primas necesarias para mover el engranaje interno de las ciudades provienen de las afueras. Entonces, ¿cómo se sustentarán las ciudades? Una de las soluciones la ha implementado el último gobierno con la firma del TLC, al parecer. Pero ¿será la mejor medida?
Tal vez un modelo que no solo complementa, sino que también es sinérgico con la solución de Robinson, sea la ejecución de la agricultura urbana y periurbana. La FAO la define como cultivos de plantas y cría de animales en el interior y en los alrededores de las ciudades, que proporcionan productos alimentarios de distintos tipos, así como productos no alimentarios (plantas aromáticas y medicinales, plantas ornamentales, productos de los árboles). Esta propuesta podría considerarse más benevolente con los campesinos, mientras que de manera conjunta se elaboran y gestionan estrategias contundentes sobre su inclusión en ámbitos laborales y educativos. Además, las personas seguirían consumiendo e incentivando los productos locales.

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