La victoria de Syriza favorece el cambio.

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El pueblo griego ha dado otra lección democrática. Ha ofrecido a Syriza el apoyo electoral para que les represente y gobierne. Esa mayoría popular no se ha rendido ante la troika y la oligarquía griega. 

Por: Antonio Antón / Rebelión

Su mandato es claro y, al mismo tiempo, ambivalente. Acatar el memorándum europeo del tercer rescate como mal menor y, a la vez, frenar sus componentes más dañinos, paliar sus consecuencias, particularmente, a los sectores más desfavorecidos y crear las condiciones políticas para su reversibilidad. Ha expresado su confianza en esa estrategia y sus líderes. Esa mayoría social ha expresado una gran madurez política. Refuerza la esperanza de cambio en España y la UE. Repasemos, primero, los resultados más significativos.


Éxito de Syriza

Syriza consigue 145 diputados (con los 50 adicionales por ser el mayoritario) y el 35,5% de votos, apenas siete décimas y cuatro diputados menos. Se coloca con más de siete puntos porcentuales por encima de la derecha y, en la distribución inicial de diputados con una diferencia de veinte, cuando todas las encuestas vaticinaban un empate técnico, como máximo en torno al 30%. Más allá del tradicional sesgo demoscópico tendente a infravalorar su electorado y el del NO en el referéndum, lo que parece claro es que un alto porcentaje de los indecisos que denotaban las encuestas (al menos un tercio de los mismos), en los últimos días se ha decantado por el apoyo a Syriza. O lo que es lo mismo, se ha convencido por sus argumentos en la campaña electoral, han superado el retraimiento que manifestaban sus dudas o desafectos y se han reafirmado en su liderazgo y su estrategia. 

Es más, si sumamos su porcentaje al pequeño alcanzado por la Unidad Popular, tenemos que ese electorado de izquierda transformadora habría crecido dos puntos y obtenido la mayoría absoluta, que es lo que auguraban algunas encuestas antes de la división interna.

El incremento de la abstención en siete puntos (la participación ha pasado del 63,9% al 56,6%), teniendo en cuenta que globalmente no ha habido grandes desplazamiento de voto, está repartido proporcionalmente entre el electorado anterior de las distintas fuerzas políticas. Ese alejamiento abstencionista no se ha concentrado en la izquierda social. No es válida la interpretación de que significa la pérdida de apoyo a Tsipras o que todo ese sector esté en desacuerdo con su propuesta de adecuar las condiciones y el ritmo del cambio. Aunque es una debilidad participativa a superar, no es achacable a un hipotético y exclusivo descontento con la acción gubernamental de Syriza, ni resta legitimidad a su victoria. Y menos hay que asociarla a una posición partidaria de salir de la eurozona o de cuestionamiento del régimen democrático.

La subjetividad de la mayoría social de izquierdas ha cambiado respecto de enero, en las anteriores elecciones generales, y de julio, en el referéndum. La ilusión popular por una victoria rápida y profunda de la austeridad, con una derrota del bloque liberal-conservador europeo, comandado por el gobierno de coalición alemán, ha dejado paso a un mayor realismo sobre las dificultades y, sobre todo, sobre la necesidad de acumular más capacidades económicas y apoyos sociopolíticos internos y en Europa. La confianza ciudadana en la suficiencia de la voluntad democrática expresada por el pueblo griego se ha truncado a la vista del inmenso poder, el desprecio y el autoritarismo del establishment europeo.

Pero esa percepción ‘trágica’, admitir la adversidad, elegir un camino malo, pero el menos doloroso, y reafirmar la voluntad de cambio, no es un retroceso cultural e ideológico. Esa lucidez, aunque apesadumbrada por el requerimiento de nuevos esfuerzos populares, a todas luces injustos e impuestos, prepara mejor al pueblo griego (y la izquierda social y fuerzas populares del sur europeo) para la ardua y prolongada tarea de la resistencia social, la cohesión política y la madurez de un liderazgo por el cambio político y socioeconómico contra el poder establecido. Pues bien, esta conciencia social y su renovado compromiso democrático es la lección fundamental que ha dado la mayoría del pueblo griego, cuyas enseñanzas se resisten a considerar algunos sectores de la izquierda europea. El único plan alternativo al de la derecha era el representado por Tsipras.

Esos resultados dejan a Syriza a seis diputados de la mayoría absoluta, pero si se añaden los obtenidos por ANEL-Griegos Independientes, con el 3,7% y diez diputados (un punto y tres diputados menos), anteriores y renovados socios de Gobierno, la repetida coalición gubernamental mantiene una holgada mayoría absoluta de 155 diputados, de un total de 300. Hay que recordar que a este grupo político se le define como de derecha nacionalista. No obstante, ha tenido y tiene una posición clara contra los planes de austeridad y en defensa de las políticas sociales y, en ese sentido, tiene una posición más crítica y de ‘izquierda’ que el propio PASOK, aunque se defina de izquierda (o centroizquierda).

Cabe una matización sobre el carácter de esa alianza de Syriza con ANEL-Griegos independientes, en una posición subordinada, y el perfil de progreso del nuevo Gobierno. Es verdad que en algunos temas, por ejemplo, en el caso de la inmigración, este grupo político ha expresado ideas reaccionarias. Pero está clara la posición gubernamental progresista e integradora, especialmente con el anterior y renovado ministro de Inmigración de Syriza, activista de Médicos del Mundo, con gran experiencia en la gestión humanitaria. Las acusaciones del Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, contra Syriza por preferir la alianza con la ‘ultraderecha’ y descartar un acuerdo con el PASOK, no tienen fundamento. Reflejan la frustración por la derrota socialista, son sectarias contra Syriza, dan cobertura a su aislamiento por la troika y abundan en la ausencia de autocrítica por la gestión de ‘derechas’ de la socialdemocracia. 

Es un mal precedente para el acercamiento progresista en España. Dicho de otra forma, el gobierno griego actual es más social que otro compartido con un PASOK prepotente y sin reciclar y, desde luego, más progresista que el de éste con su alianza en el bloque del SI a la troika. Y esa posición socialista tergiversadora es más cínica, cuando podría haber cogido otro ejemplo más próximo: La alianza del líder del Partido Demócrata italiano, el ‘democratacristiano’ Renzi, con el ministro del Interior Alfano, exministro de Berlusconi, cuya primera gestión fue reafirmar la ley de inmigración de la derecha, claramente xenófoba y criminalizadora. Pero para el PSOE, Renzi es la referencia a imitar y Tsipras el modelo a criticar.

Fracaso de la derecha, la socialdemocracia y el izquierdismo

La derecha de Nueva Democracia, representante directo del poder liberal-conservador europeo, ha fracasado en su intento de acceder a la gestión gubernamental, cumplir a rajatabla todos los designios de la troika y salvaguardar los privilegios de la oligarquía griega. Solo ha mantenido su 28%, con 75 diputados (uno menos, que ha ganado el neonazi Aurora Dorada que ha crecido seis décimas, hasta el 7%). Es decir, los espacios de la derecha y la ultraderecha, con ese pequeño trasvase entre ellos, solo se han mantenido. El ‘extremismo’ nazi, a pesar de su demagogia antieuropea, xenófoba y partidaria de salir del euro, no avanza significativamente, como muchos temían.

También ha fracasado el resto del bloque de los partidarios de SI a la estrategia de austeridad, en el pasado referéndum, ejecutores de los planes antisociales anteriores y colaboradores acérrimos de la troika. Ha descendido el liberal To Potami (El Río), que ha perdido dos puntos porcentuales (hasta el 4,1% y seis diputados menos). A cambio, se incorpora la demagógica Unión de Centristas (3,4% y 9 diputados) que en enero se había quedado fuera del parlamento.

El PASOK consigue el 6,3% y 17 diputados, con un incremento porcentual de punto y medio y cuatro diputados. Frente a interpretaciones interesadas sobre la recuperación electoral de este partido socialista, hay que constatar más bien su estancamiento en ese nivel bajísimo. En esta ocasión se ha presentado junto con el pequeño partido DIMAR-Izquierda Democrática, la escisión promovida por el exjefe de gobierno socialista Papandreu que, en enero, se quedó en el 0,5% y no consiguió el mínimo para tener representación parlamentaria. Por tanto, sus resultados actuales apenas llegan a un punto sobre la suma del porcentaje anterior de ambos. Es un reflejo de su descrédito y su irrelevancia, así como fuente de frustración para la socialdemocracia europea, cuando en el año 2009, antes de su profunda gestión regresiva, habían llegado hasta el 44%.

Los socialistas griegos y europeos, promotores también del dictak austericida al Gobierno de Syriza, esperaban (al igual que la derecha y el bloque izquierdista) que sufriese similar desafección popular. Era un objetivo de su imposición. No se explican que no haya corrido la misma suerte que el PASOK, condenado ya a la irrelevancia. Demuestran su rabia porque a través de Tsipras el pueblo griego mantiene la esperanza de cambio. No están interesados en ver que, aunque Syriza se ve obligado a aplicar el memorándum europeo, existen profundas diferencias de su estrategia, su talante y su honestidad: la movilización total y democrática de sus fuerzas para frenar a la troika, incluido la expresión rotunda del referéndum; su voluntad de defender a los de abajo, precisamente, frente a los de arriba, la oligarquía griega y el poder establecido conservador al que avala la socialdemocracia; su determinación de paliar sus efectos más negativos, y su decisión de impulsar el cambio para dejar atrás la vieja estructura oligárquica, garantizar la democratización política y avanzar en la modernización económica.

El tercer bloque es el izquierdista. Está compuesto, sin haber llegado a un acuerdo electoral, por dos grupos. El partido comunista (KKE), de tradición pro-soviética, firme partidario de la salida del euro y de despiadada crítica contra Syriza, que mantiene su pequeño electorado (5,6%). Y Unidad Popular, la escisión de 25 diputados de Syriza que solo ha conseguido el 2,8% (140.000 votos), quedándose fuera del parlamento. Dado el eco mediático que han tenido los argumentos izquierdistas en esta especie de pinza anti-Syriza, convergente con el aislamiento recibido desde el poder establecido, merece la pena hacer un paréntesis explicativo.

Respecto de las expectativas de los representantes de este sector (y de los de la izquierda europea más dogmática), sus resultados electorales han sido un rotundo fracaso. Se arrogaban la representación del 62% del NO del referéndum y vaticinaban la superación del número de más de treinta diputados de la Plataforma de Izquierdas, que habían expresado su desacuerdo con el Gobierno. Incluso algunos auguraban la superación de la propia Syriza. Su discurso hipercrítico contra Tsipras, al que han acusado de traición, transformismo y capitulación, y su alternativa de incumplimiento del memorándum y salida del euro, no ha tenido apoyo popular. Es una sonora derrota democrática que es normal que genere desesperanza entre sus seguidores en Grecia, en España y en Europa. Pero esa desilusión no la pueden generalizar a toda la izquierda social ni enmascarar en el supuesto engaño de Tsipras que, según su opinión, terminará por descubrirse para las siguientes elecciones, dentro de cuatro años. La evidencia es que su discurso y su estrategia sectaria no han encontrado eco popular, ni se han acercado a su representatividad anterior dentro de Syriza.

Una reflexión se puede añadir, por si favorece que personas de esta corriente admitan aprender de sus errores. Sería deseable, aunque mantengan desacuerdos, adopten una posición más realista y constructiva con el nuevo Gobierno, articulando una vigilancia constructiva y participando de la dinámica de movilización popular contra el adversario común de la troika y la oligarquía griega. Es también importante para recomponer una posición más común entre la izquierda unitaria europea. Se enfrentan a un peligro: profundizar en su irrelevancia y desorientación, quedando marginados del movimiento real de resistencia y cambio.

Podría haber sido peor para todos: que su escisión y su actitud sectaria hubiera provocado un retraimiento del electorado hacia Syriza, que hubiera favorecido la victoria de la derecha. Su expectativa sobre una victoria pírrica, de contar con varias decenas de diputados a costa del debilitamiento de Syriza, hubiera fortalecido su posición y su discurso (también el de sus aliados en Europa). Pero esa base social no existía. Y no valoran la otra cara de las consecuencias de la victoria de la derecha: el pueblo griego estaría sometido a unos planes regresivos, más duros y sin compensación alguna, y a una gestión política más autoritaria, con el aval del consenso conservador-socialdemócrata; habría ganado la troika. Ese final habría terminado con la expectativa de cambio en Grecia, dificultado el nuevo ciclo sociopolítico de cambio en España y el sur europeo, consolidado las fuerzas continuistas y legitimado la estrategia europea de austeridad.

El riesgo de ese plan del establishment, favorecido por la estrategia anti-Syriza, es lo que no ha permitido la izquierda social griega. Es la realidad de una dinámica popular que la gente de Unidad Popular necesita asumir para poder contar en la nueva etapa con aportaciones de su gente valiosa, empezando por el propio Varoufakis. Éste había expresado este tipo de valoraciones sobre la importancia de la unidad y el voto mayoritario a Syriza, pero en el último momento pidió el voto a Unidad Popular. Revelaba, como él mismo ha dicho, que es un experto economista pero no un buen político como reconocía que sí lo era su amigo Tsipras.

Mayor esperanza para el cambio

Para impulsar un movimiento popular igualitario y emancipador es clave la capacidad interpretativa y política, la comprensión de las tendencias sociopolíticas, las constricciones estructurales e históricas y la relación de fuerzas. Las élites políticas necesitan una profunda honestidad y una actitud democrática de arraigo y defensa popular. Son actitudes clave para el nuevo Gobierno griego y, especialmente, para las gentes de buena voluntad transformadora.

La dinámica popular griega y su izquierda social y política han dado un ejemplo de convicciones democráticas y de justicia social. Superando optimismos irreales, han adquirido, rápidamente, un fuerte realismo y una gran madurez política. Ante el desmesurado poderío antipopular del establishment, no se han rendido ni escapado, sino que se han adaptado a un camino más duro y sinuoso de lo esperado. Pero la nueva estrategia de Syriza, compleja y ambivalente, y su liderazgo están claros para una parte fundamental del pueblo griego. Se ha ratificado en su determinación de continuar su lucha por la democratización y los derechos sociales, aunque ajustando condiciones, prioridades y ritmos a los apoyos y las fuerzas disponibles. Hace falta su consolidación, el acierto de sus líderes y la solidaridad europea.

En definitiva, el pueblo griego, su parte más relevante, ha demostrado dos hechos. En primer lugar, un importante sentido de la realidad, evidente ya en momentos anteriores. Le ha llevado a reconocer la gran desigualdad de fuerzas sociales y políticas progresistas respecto de la troika (o cuarteto). Junto con el poder financiero, el bloque de poder liberal-conservador, comandado por el gobierno de coalición alemán, ha demostrado su poderío económico e institucional y su determinación antisocial y autoritaria. Era claro su objetivo de someter al rebelde pueblo griego, utilizando su capacidad para desarticular la economía griega, expulsarla del euro y agravar la crisis social. 

La opción era un profundo proceso de ajuste y disciplinamiento y una involución social y democrática. Buscaba un cambio de régimen político, con destrucción de las izquierdas y la oposición popular, para impedir la resistencia a su gestión de la crisis, neutralizar el proceso de deslegitimación de su estrategia de austeridad y prepotencia y frenar la dinámica de cambio político, también en España y otros países. La sociedad griega ha tenido que admitir la insuficiencia de los recursos sociales y políticos movilizados: el propio éxito de Syriza en enero y su defensa de un plan anti-austeridad, así como la amplia victoria, casi el 62% de la población, del NO en el referéndum. 

La expresión democrática del pueblo griego, su soberanía estatal, ha sido incapaz de doblegar la estrategia de austeridad del grupo de poder encabezado por Merkel, aunque haya erosionado su legitimidad social y frenado algunas de sus peores consecuencias. Todo ello llevaba a la necesidad de una readecuación estratégica, a un repliegue pero con una reafirmación política.

En segundo lugar, la izquierda social y política griega, las fuerzas populares, ha expresado su firme determinación de no rendirse o capitular, ni tampoco ir por falsos atajos o salidas. Su voluntad manifiesta es por una estrategia y un liderazgo político que apueste por paliar los efectos más negativos del plan de rescate, cuestionar sus objetivos antisociales, debilitar la legitimidad del poder liberal-conservador para imponer una salida regresiva de la crisis y mantener el horizonte de una Europa más social, justa y solidaria que queda abierto. Supone la oposición de las otras dos opciones planteadas: la consolidación de las estructuras sociales, económicas y de poder de la oligarquía griega y la troika, y el callejón sin salida del abandono del euro y la Unión Europea. Es una nueva oportunidad para el avance popular.

Por tanto, la principal derrota electoral ha sido para el conjunto de las fuerzas políticas responsables de la gestión regresiva y autoritaria anterior, dispuestos a aplicar el memorándum sin condiciones, representantes del poder liberal conservador y de la troika y partidarios de mantener la vieja estructura de poder y privilegios. Los resultados consolidan la tendencia popular para superar la dinámica oligárquica y autoritaria, el viejo sistema de alternancia bipartidista entre derecha y socialdemocracia y la estrategia liberal-conservadora de gestión antisocial y prepotente de la crisis. La victoria de Syriza, la lección del pueblo griego, favorece el impulso cívico por una reforma institucional europea basada en un modelo más justo, solidario y democrático. Refuerza las tendencias de cambio sustancial en España.


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