La capital del conflicto y la paz.

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Clara López comprendió que la gravedad del momento aconsejaba sensatez política y requería la construcción inmediata de una atmósfera garantista, orientadora de nuestra supervivencia como cultura y sociedad.

Por: Alpher Rojas / El Tiempo.

Ochenta y tres días después (26-3-16) de su posesión, frente al contingente desarmado del nuevo movimiento político integrado por la insurgencia revolucionaria de las Farc, la alcaldesa de Bogotá, Clara López Obregón, había de recordar aquella tarde todavía no remota en que las madres enlutadas del municipio de Soacha y de la localidad capitalina de Ciudad Bolívar le comunicaron la desaparición y asesinato de sus hijos víctimas de una operación militar de ejecuciones extrajudiciales —'falsos positivos'— cometida por agentes estatales, y que ella en su condición de secretaria de Gobierno del distrito capital puso en conocimiento de la Fiscalía General de la Nación.
Recordó también las batallas que —en medio de una terrible polarización política y el griterío trivializador de los medios sobre el debate por la paz— le correspondió librar para salvar el proceso de diálogos que se desarrollaba en La Habana entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Farc, luego de que en la primera vuelta tomaran ventaja electoral los delirantes antagonistas de la paz.

Entonces, Clara López, portaestandarte de las aspiraciones de las izquierdas democráticas de Colombia, comprendió que la gravedad del momento aconsejaba sensatez política y requería la construcción inmediata de una atmósfera garantista, orientadora de nuestra supervivencia como cultura y sociedad. Rememoró al eminente jurista y filósofo Carlos Gaviria Díaz cuando advirtió: “En la historia no hay espacio para el silencio y el vacío”, y sin perder la firmeza de su espíritu crítico frente a la política gubernamental de corte neoliberal convocó a los dos millones de electores que la habían respaldado en su aspiración presidencial, para que en la segunda vuelta triunfara el anhelo nacional de la reconciliación y la convivencia pacífica.
Sin su activa participación y el compromiso de su fuerza política alternativa, no hubiera sido posible que el gobierno del presidente Santos recobrara las llaves hasta entonces extraviadas de la paz. A su manera, Santos le reconoció mínimamente ese acto de patriótica lealtad designándola como integrante del Consejo Nacional de Paz. Y su partido, el Polo Democrático Alternativo, sintonizado con las expectativas de la ciudadanía, la aclamó candidata a la Alcaldía Mayor de Bogotá.
Pero el camino que debía transitar no sería propiamente una plácida alameda, dada la baja calidad del debate público y la caterva mediática y “demoscópica” (encuestas) que las élites patriarcales estructuraron en contra de sus aspiraciones legítimas. Sin embargo, demostró superioridad ética, puso en función sus habilidades organizativas, y su inteligencia creadora produjo modernas iniciativas programáticas con el apoyo de los mejores recursos del conocimiento académico y científico.
Refractaria a toda condescendencia con la vida ociosa, su pensamiento metódicamente ordenado tuvo amplia sintonía con los ideales mayoritarios de la población, unió su dividida fuerza política y convocó la más amplia convergencia de afinidades electivas (siete partidos y movimientos políticos y sociales y “nuevas ciudadanías”) para ganar la difícil contienda comicial. Una singular hazaña si se tiene en cuenta el poder político, financiero y mediático de las maquinarias políticas tradicionales y la agresividad de las mafias contratistas del país intentando recapturar el erario en cuerpo ajeno, y para las cuales Clara López ha sido siempre un obstáculo y un peligro. Esta sola empresa, de por sí compleja, revela las cualidades y atributos morales de su personalidad, tanto como su disciplinada y rigurosa preparación para el servicio público.
Convencida de su deber de contribuir desde la Alcaldía al desarrollo de un proceso pedagógico para organizar la coexistencia social de cara a los nuevos tiempos de la desmovilización insurgente, se propuso armonizar sus compromisos centrales de “construir sobre lo construido” en términos de política social, prevenir los efectos del cambio climático con programas ambientales de gran calado, emprender los planes de modernización de la infraestructura física y la movilidad con bases científicas y tecnologías innovadoras, con la construcción de una nueva época de participación ciudadana basada en los altos valores de la democracia y la cultura.
En los cien primeros días de administración la ciudadanía empezaría a percibir el ímpetu transformador de sus principales proyectos y a experimentar la consolidación de sus ejes fundamentales de política pública en educación como “un derecho de todos”, el fomento del desarrollo productivo, la promoción del talento humano y la generación de empleo, con base en el trípode universidad, gobierno, empresa. Quedarían así puestas las bases para afianzar el modelo de la paz para Colombia.

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