Seis libros colombianos de terror para leer en Halloween

septiembre 08, 2017

Hablar de géneros siempre ha sido un tema complicado en este país. Al intentar encontrar manifestaciones como la ciencia ficción, el thriller o el terror, la conversación en Colombia suele desviarse hacia un debate sobre la naturaleza propia de los géneros y, en ocasiones, hacia un sentimiento de desazón que surge al comprobar que no hay muchas piezas que puedan responder a los claros límites que tienen las producciones extranjeras. 
Por: Tatiana Tapia Jaúregui / Revista Vice
Es claro que la solución a estas inquietudes no está en depurar lo que se hace en el país hasta crear un género definido, pero sí es inquietante comprobar que en Colombia el género predominante parece ser el colombiano. Quiero decir, hay una necesidad por aferrarse a una realidad de violencia y conflicto. 
Este es el caso del terror en la literatura colombiana: un género que, para nosotros los mortales, no evoca prácticamente ningún título claro, y en el que en realidad se encuentran sólo algunos ejemplos contados que siguen despertando dudas sobre qué podría ser terror y qué tan elástico puede llegar a ser este género en el país. 
"En realidad no creo que tengamos una tradición [de literatura de terror] ni muchos ejemplos claros, apenas algunos autores que se han asomado al género para alegorizar violencias o simbolizar desajustes propios del país", me contó por correo Miguel Mendoza Luna, uno de los pocos escritores en el país que se ha dedicado a escribir terror y una autoridad en psicología de asesinos en serie. "El terror [ha sido] clave para narrar lo peor de nuestra condición, pero no un verdadero interés estético o literario". 
En efecto, lo que se podría considerar una escasez de literatura de terror es producto de una realidad turbulenta en el país que impregna lo cotidiano de una forma del terror muy particular. En Colombia, el protagonismo de la violencia y de sus horrores se ha vuelto la forma de entender el terror, y esto se ha reflejado en la literatura, en la que no falta inventar monstruos fantásticos para sentir auténtico miedo. "Creo que lo interesante para preguntarse es qué puede ser terrorífico en Colombia, y no tanto si se ajusta a las convenciones de un género prefabricado", me escribió María Mercedes Andrade, escritora y doctora en literatura comparada, cuando le pregunté cuál era su opinión sobre el tema. "Hay que entender que los modos de producir el terror varían con las sociedades y dependen de las situaciones históricas y sobre todo, de a qué se le teme". 
La siguiente es una pequeña selección que pretende dar una muestra amplia de las formas en que se ha concebido y pensado el terror en la literatura colombiana, y en los distintos monstruos y miedos que bailan por el imaginario colectivo. Para elaborar esta lista consulté a literatos, profesores y estudiantes, conocedores del cómic y del terror en general en Colombia, para llegar a seis títulos que sintetizaran lo que se entiende por terror y para conocer a qué le tenemos miedo. 
Así que si esta noche no tiene rumba, está enfermo, o simplemente quiere dedicarse a leer, aquí tiene algunas opciones para que no desentone con la festividad.
13 relatos infernales de Álvaro Vanegas, Esteban Cruz Niño y Gabriela Arciniegas


Este libro, escrito a seis manos, recoge cuatro cuentos escritos por cada uno de los autores, y uno final, hecho entre los tres. La idea para hacerlo nació precisamente del vacío que los autores sentían frente al género de terror en la literatura colombiana. Vanegas y Arciniegas ya habían incursionado en el mundo del terror, con libros como Mal paga el Diablo , del primero, y Rojo Sombra de la segunda. Por el contrario, Cruz Niño venía de una formación antropológica de investigación, que de cierto modo fue lo que alimentó su interés por la ficción de terror, en parte gracias a su libro Los monstruos en Colombia sí existen, en el que estudia los perfiles de los asesinos seriales más temidos del país. 13 relatos infernales recoge distintos estilos de terror, desde el psicológico en la mitad de Chapinero, pasando por el vampirismo en Boyacá, hasta la perversidad de un repartidor de volantes de una pollería. En medio de estos relatos hay un humor y una ironía que se vuelven el punto de encuentro entre monstruos clásicos, lo perverso y lo gore, así como de un paisaje urbano y criollo.
Satanás de Mario Mendoza


La famosa novela de Mendoza, que fue llevada al cine por Andres Baiz, se inspira en el conocido evento del 4 de diciembre de 1986, que tuvo lugar en el restaurante Pozzetto en Bogotá, donde Campo Elías Delgado, un exmilitar que peleó en la guerra de Vietnam, asesinó a varias personas después de haber matado a sangre fría a su mamá y a otras personas más. En el libro, Mendoza elabora la historia a partir de narraciones paralelas de cuatro personajes, cuyas vidas resultan cruzándose y conectándose con los eventos que tendrían lugar en el restaurante. Satanás es una muestra de un terror más propio de contexto colombiano y que, de cierto modo, es familiar: ese miedo que hay de las masacres y de los asesinatos. Los pecados, la redención, la muerte. 
Muérdeme suavemente de Fernando Gómez


El tema de los zombis se ha vuelto obligado al hablar del género de terror. En Muérdeme Suavemente se ilustra el ya tan conocido "Apocalipsis Zombi", pero en la mitad de Bogotá, donde tres jóvenes universitarios huyen y tratan de protegerse contra la plaga, hasta que uno es mordido y convertido en muerto viviente. Lo interesante de la historia es que, a pesar de ser un zombi, su protagonista sigue teniendo recuerdos y nociones de su yo anterior, lo que le permite reflexionar sobre la condición que lo acompaña desde una perspectiva que no muchos zombis se pueden dar el lujo de tener. Gómez hace unos apartes en los que narra cómo la plaga zombi afecta a otras figuras del país: un jugador de fútbol, un militar, un científico de la Nacional y hasta a la misma guerrilla. Se puede decir que Muérdeme suavemente es un experimento narrativo amplio: el libro también cuenta con una serie de viñetas, cómics y fotografías que acompañan y complementan la historia. 
Los niños de Carolina Sanín

La historia comienza con Laura Romero, una mujer joven que se sostiene con lo que le da un negocio familiar y que tiene un gusto especial por los supermercados. La vida de Laura cambia cuando, frente de su puerta, encuentra a Elvis Fider, un niño de seis años que no le ofrece explicaciones claras sobre su pasado y que parece habitar en una realidad paralela y metafísica. Los niños, segunda novela de Sanín, parte de dos personajes que viven una aguda soledad en compañía. Desde ellos construye un relato en el que no se puede evitar sentir un terror que no se termina de entender y que tal vez por eso inquieta más. El terror que produce Los niños se puede sentir en algunos de sus diálogos y situaciones cotidianas, aparentemente triviales, en las que se perciben pulsiones macabras y violentas, presentadas con una sutileza perturbadora. Ante todo, el terror de esta novela es el terror del no lugar y del no tiempo: una historia que se construye en el instante, entre lugares imaginarios y momentos muy bogotanos, que construye un miedo psicológico que se pasea entre un aquí y un nunca. 
Vampyr de Carolina Andújar


Vampyr es la primera novela de esta autora caleña con ascendencia húngara que estudió homeopatía clásica en Estados Unidos y terminó su tesis en el Quindío. La historia, que empezó a escribir un 31 de octubre, se desarrolla en la Europa del siglo XIX. Su protagonista es una joven que conoce a los vampyr en un internado en Suiza. Los vampiros de Andújar están en medio de una Europa aún sumida en el oscurantismo y conservan lo terrorífico de unos personajes más old school, como Drácula o Erzsébet Báthory. Desde esta primera novela, la autora se ha ganado una base de fans cautivados por estas tragedias de amor neo góticas. 
Los Once de Miguel Jiménez, José Luis Jiménez y Andrés Cruz


Esta novela gráfica parte de un evento histórico drástico: la toma y retoma del Palacio de Justicia. La historia es narrada por una abuela ratona a su nieta, mientras esperan que llegue el padre de esta última, quien se encuentra con otros 10 ratones intentando sortear las 27 horas de infierno que vivió Colombia. El título y sus protagonistas son una referencia a los 11 desaparecidos de los hechos que tuvieron lugar entre el 6 y 7 de noviembre de 1985: los familiares dieron el aval a los autores y redactaron su prólogo y epílogo. Los Once es una recuperación y una reflexión en torno a ese terror muy propio de la historia colombiana a través de una forma narrativa innovadora que poco a poco ha ido tomando fuerza en el país. Los Once, que muchas veces deja los diálogos y la narración a un lado para dar protagonismo a las ilustraciones, es una muestra de cómo en el país el terror también ha quedado condensado en eventos y fechas específicos, lo que puede llegar a hacer de la historia colombiana el verdadero monstruo, el más temido y el más duro de conquistar.

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